Saber perder. Saber ganar
La cultura popular se expresa a través de los refranes y de las locuciones de forma acerada y sintética. En el mundo público, por ejemplo, en la política o en el deporte, colgamos el sambenito de quien no encaja la derrota con la expresión: «no sabe perder». Lo decimos peyorativamente. En cambio, aplaudimos aquellos quién se jactan del éxito. Y enaltecemos acríticamente el ganador –si es el adversario con un poco de envidia– porque estamos inmersos en la rueda de la competitividad y la inercia imparable con la que concebimos el día a día como una lucha para sobrevivir. Si la competitividad es una moneda lanzada al azar, una cara es «no saber perder», pero la otra es «no saber ganar». Dos carencias conmutativas e interdependientes: la una lleva a la otra. Tanto el crack deportivo como el líder político que no digieren la derrota tienen la obsesión de la victoria. Niegan la realidad y por tanto, no procesan las causas del fracaso. Pero la vida de verdad, la que realmente importa, no es un juego. La lucha que transciende nuestra existencia nos coteja a los fracasos pequeños o grandes, a la desdicha accidental o imprudente, a las decepciones y a los disgustos. Todo el mundo coincide que es demasiado fácil sentenciar que tenemos que aprender de los errores. Mas no tenemos que cargarnos injustificadamente de toda la responsabilidad. Paralelamente, tenemos que aprender de los logros. Y no adjudicarnos todo el mérito. Entender el porqué del éxito o de la victoria ayuda a relativizar la situación que se nos ofrece para continuar sobreviviendo. No hay atajo para crecer y avanzar. Nadie ha sabido encontrar otro método. El único cambio de chip efectivo rae a saber competir con nosotros. No fijarnos en el comportamiento de los otros, sino a encontrar la sinceridad de saber perder y saber ganar con la dignidad con la que queremos ser reconocidos. Si aprendemos, de rebote sabremos donde estamos. Estaremos en condiciones de poder ponderar nuestro punto de vista sin dejarnos llevar por el vértigo de la globalización, es decir, el ruido mediático y las ingentes debilidades de la condición humana. El entorno no ayuda, pero precisamente la racionalidad consiste en vencer las dificultades.
Jaume Comas
Amigo de la Fundación CorAvant y antiguo patrón